Datos Básicos: La duración total de la actividad, fue de algo más de siete horas (excluyendo traslados). Realmente, el tiempo de movimiento fue de unas seis horas, el resto se ocupó en los correspondientes descansos para reponer fuerzas, contemplación de paisajes, etc.

Se recorrieron 19,8 kilómetros, con 972 metros de desnivel, en una jornada típica invernal en la que el sol venció su timidez de las primeras horas, ofreciéndonos finalmente una magnífica jornada de senderismo. Asimismo, conviene destacar, que el ligero aumento de la longitud de la ruta, se debió a la imperiosa necesidad de variar el itinerario previsto en la convocatoria, por otro similar, y muy próximo, que ofrecía más seguridad a los concurrentes, debido a la crecida de los arroyos y a la presencia de hielo, esta última circunstancia, constatada en el reconocimiento realizado en la semana previa, obligó a variar la catalogación dada de la ruta inicialmente pasando de “DIFÍCIL” a “MUY DIFÍCIL”. El número total de asistentes, fue finalmente de seis.

Crónica: Esta vez, cinco de los participantes, viajaron hasta San Rafael para reunirse en el punto inicial marcado por la convocatoria, con un miembro del Club que eligió desplazarse desde Madrid. Tras las correspondientes salutaciones y la presentación al grupo de los pormenores del recorrido, se inició el movimiento sobre las 09:30.

Se inició la ruta, adentrándose en una inmensa zona de pino silvestre en la que el suelo se encontraba literalmente congelado, como se podía comprobar en los pequeños arroyos y charcos que se cruzaban en el camino. Ya en la conocida como Pradera de Las Monjas, se pudieron divisar los efectos de la nevada caída probablemente horas antes, la cual cubría los pinares a más altura, ofreciendo un paisaje nórdico similar a las Montañas Rocosas.

Unos centenares de metros más adelante, se llegó a la primera dificultad del día, la necesidad (a priori) de cruzar el conocido como Arroyo Mayor, con el fin de ir ganando altura en dirección a la primera de las “cumbres”, Cabeza Líjar. Tal y como se había constatado una semana antes, el vadeo en esa zona resultaba imposible, por lo que se optó por continuar por un diminuto sendero que discurría por la margen derecha, tal y como se había reconocido previamente, con el fin de encontrar un paso. El movimiento era lento y preciso dada la proximidad al agua, descubriéndose en los rostros de los senderistas una curiosa expresión probablemente mezcla del intenso frío y el temor a tener que vadear, sin ayuda, semejante caudal.

Aguas arriba, no se tardó mucho en encontrar una pequeña pasarela construida específicamente con vigas de madera. Tras atravesarla, se inició la ascensión por una senda alternativa a la programada inicialmente, que pronto desembocaría en esta última, antes, se pudo disfrutar de las bonitas vistas que ofrecía el mirador de la Peña del Águila.

Desde este punto, se inició la incesante y dura ascensión hasta Cabeza Líjar (1823 m.), pisando un terreno nevado, pero de fácil tránsito, que incluso amortiguaba el incómodo y característico relieve rocoso típico de esta zona.

Alcanzada Cabeza Líjar, y con una sensación térmica muy por debajo de cero grados, se disfrutó de la panorámica de la ladera sur de la Sierra de Guadarrama, así como de las cotas más altas de esta cadena montañosa dirigiendo nuestra vista en dirección este.

A pesar de encontrarnos sobre un búnker/refugio que data de la Guerra Civil, que podríamos haber utilizado para protegernos del intenso frío, se decidió realizar el primer alto importante de la jornada en un lugar en el que el viento y el frío eran menos intensos, el Collado de la Mina, (llamado así por la mina de wolframio que se encuentra en sus proximidades), en él que se procedió a reponer fuerzas durante un corto espacio de tiempo dada la baja temperatura.

A continuación, se inició la suave ascensión hasta la segunda “cumbre” de la jornada, el Cerro de la Salamanca (1785 m.), con su refugio en ruinas y situado en la denominada “cuerda escurialense”, o lo que es lo mismo, la parte de la sierra que une el Alto de los Leones con el pico de Abantos.

Tras admirar las impresionantes vistas, se inició una vertiginosa bajada, con una superficie cubierta de nieve que, afortunadamente, no había alcanzado su punto de congelación, lo que no hizo necesario el uso de crampones ni otro elemento antideslizante. A este respecto, se quiere destacar el hecho curioso de que, a pesar de encontrarse a temperaturas rondando los diez grados bajo cero, la nieve recién caída no se había congelado, lo que facilitó el movimiento de manera determinante. No obstante, era preciso ser muy cuidadoso con charcos, pequeños cursos de agua y piedras que afloraban, ya que en ellos sí se notaba palpablemente la presencia de hielo, con el peligro que ello entraña.

Llegados al Collado del Hornillo, se inició la ascensión a la tercera “cumbre”, Cueva Valiente (1903 m.). Esta ascensión, probablemente fue la más característica desde el punto de vista montañero, y sin duda la más bella, ya que el sol acompañó al grupo constantemente convirtiendo una fría jornada de dura montaña invernal en un paseo primaveral por un bosque nevado.
Este paisaje y lo agradable del momento, animó a ensayar un nuevo formato de “foto de grupo” tumbados sobre la nieve.

Llegados a Cueva Valiente, cota máxima de la ruta, la configuración del terreno, la panorámica y el cansancio acumulado, es muy probable que hubieran invitado a realizar el alto importante de la jornada, comer, descansar y reiniciar el tramo final, sin embargo, una vez disfrutado de las vistas, el frío obligó a buscar un punto más resguardado, ladera abajo.

Tras el alto para comer, se reinició el movimiento, variando, una vez más, el itinerario previsto en la convocatoria y eligiendo uno paralelo y más seguro que condujo hasta el Collado de La Gargantilla, transitando, con no mucha dificultad, sobre un sendero cubierto de nieve de los que, en esa zona de la Sierra de Guadarrama, unen las antiguas posiciones defensivas de la Guerra Civil. Los acompañantes rehusaron un trago fresco en la Fuente de Juan Bellver, por lo que se inició la larga bajada a caballo del Arroyo de La Gargantilla, el cual alternaba nieve con hielo en determinadas zonas, y que conduciría, de nuevo, hasta San Rafael.

Los últimos centenares de metros, se realizaron a ritmo alegre, solo interrumpido por una pequeña parada para, una vez superadas las dificultades, cumplir con la tradición del “botacall”, tradición que algunos cumplieron posando para la foto y dejando que la bota llenara sus gargantas con generosidad.

Tras algo más de siete horas, 20 km. recorridos, 972 m. de desnivel y el haber disfrutado de un bonito día de montaña invernal, la ruta finalizó sin ningún accidente o lesión dignos de mención.

CXXXVI Ruta: Las Tres Cumbres desde San Rafael